¿Cómo hacen los satélites para no chocarse entre ellos?

Durante muchos años han sido varios los países y compañías espaciales que han lanzado satélites al espacio con la finalidad de recopilar la mayor información posible. Incluso la compañía de Elon Musk, SpaceX, tiene en órbita miles de satélites que se pueden ver desde la Tierra, y que forman parte del proyecto Starlink. Sin embargo, existe un riesgo de que a medida que vayan colocándose en órbita más satélites, existe la posibilidad de que puedan colisionar entre ellos. Obviamente esto está pensado que no ocurra, aunque puede pasar.

Por tanto, ¿cómo lo hacen los satélites para no chocarse entre ellos?

¿Para qué sirven los satélites?

Para empezar, vamos a explicar la función que tienen los satélites: estos pueden tener varios usos estando en la órbita terrestre como ayudar a sistemas GPS con la navegación y el posicionamiento, permitir la comunicación entre dispositivos móviles o estudiar la Tierra y el espacio para obtener la mayor cantidad de información posible para investigaciones futuras.

Además, estos sistemas pueden mantenerse en órbita de forma constante ya que están programados a una velocidad que es suficientemente rápida para vencer la gravedad.

Por tanto, se mantiene en órbita tanto por su velocidad como por la fuerza gravitatoria que la Tierra tiene sobre él. Cuanto más cerca esté un satélite del planeta, más velocidad tiene que emplear para mantenerse en órbita.

Actualmente son miles los satélites que se encuentran en órbita. Su tamaño puede variar: pueden ser pequeños y medir algo más de un metro o, de lo contrario, algunos pueden llegar a tener el tamaño de un autobús. Es por ello que, cuanto más grande sea el satélite, la posibilidad de que colisione es mayor.

¿Cómo evitan los satélites chocarse entre sí?

Es obvio que el espacio es enorme y eso reduce mucho el que se produzca un choque entre satélites. De hecho, todos los satélites se suelen colocar en órbitas diferentes precisamente para evitar esto, que se crucen y colisionen.

Los satélites cuentan con un sistema de propulsión que se basa en un sistema almacenable, debido a la gran cantidad de tiempo que pasan estas máquinas en órbita. Por ejemplo, una de las opciones más básicas son los propulsores monopropelentes de hidracina, que se caracteriza por no tener un sistema de encendido y, además, la hidracina se bombea sobre un lecho de catalizador que hace que se encienda de manera espontánea.

Es por ello que un sistema de propulsión es vital que esté en todos los satélites para hacer que estos accidentes no ocurran.

También cabe la posibilidad de que estas naves choquen no entre ellas, sino también con basura espacial que se encuentra flotando en el espacio.

Sin embargo, a medida que vayan aumentando la cantidad de satélites que haya en el espacio, también aumentarán las probabilidades de colisión. En 2009 por ejemplo chocaron un satélite americano y otro ruso, y en ese año había muchos menos satélites en órbita de los que hay ahora.

Hay que destacar que la tónica general es que, aunque estos satélites pertenezcan a diferentes organizaciones y empresas, estos se controlan de forma autónoma, aunque algunos de ellos cuentan con sistemas que permiten detectar posibles riesgos de colisión y cambiar su trayectoria para evitar el choque.

El problema es que, al hacer esto, el satélite puede de forma automática meterse sin querer en la trayectoria de otro satélite, aumentando el riesgo de choque.

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