Es la imagen que se repetirá hoy en millones de hogares españoles a las 23:59 horas. El nerviosismo, las prisas por pelar o quitar las pepitas, la televisión lista para ver las campanadas a todo volumen y esa extraña tensión por no perder el ritmo de los cuartos. Comerse las 12 uvas es, posiblemente, el ritual más sagrado de nuestra cultura popular. Pero, ¿cuál es su origen?
A pesar de que la mayoría te dirá que es para tener suerte, te explicamos la realidad con un toque histórico: se mezcla un buen marketing con una protesta de los madrileños.
Mientras ultimas los preparativos para la cena de Nochevieja y revisas que los paquetes de uvas estén listos, quizá te interesará saber que este ritual no tiene nada de místico ni ancestral. Sobre todo si quieres ser el que más sabe de la mesa de esta noche. Y no te olvides de utilizar las mejores felicitaciones para el nuevo año.
A diferencia de otras tradiciones navideñas que hunden sus raíces en la religión o en los solsticios paganos, comer uvas es una costumbre relativamente moderna y, sobre todo, casual. Aunque hoy en día la tradición se ha exportado con éxito a gran parte de América Latina, convirtiéndose en un símbolo de hermanamiento cultural, su nacimiento en España tiene dos versiones: la de los agricultores avispados y la de la burla a la aristocracia. Y ambas desmontan la idea de que esto sea un rito mágico antiguo.
Origen real de comer las uvas
La teoría más popular, y la que probablemente te haya contado tu abuelo, nos lleva al levante español. Se dice que el origen de esta costumbre data de 1909, cuando los viticultores de Alicante y Murcia se encontraron con un excedente de producción brutal de uva blanca Aledo. Ante el riesgo de que la cosecha se pudriera, realizaron una campaña de marketing magistral (antes de que existiera el marketing), vendiendo la idea de que comer esas uvas al final del año traería buena suerte. Básicamente, se inventaron un rito para dar salida al stock.
Sin embargo, los historiadores y la hemeroteca sugieren que la tradición ya existía antes de ese 1909, aunque por motivos muy distintos. A finales del siglo XIX, concretamente hacia 1882, la alta burguesía madrileña tenía la costumbre de copiar a los franceses, bebiendo champán y comiendo uvas en las cenas que se hacían durante la Navidad.
En aquella época, el Ayuntamiento de Madrid prohibió los festejos callejeros ruidosos en la Noche de Reyes, lo que enfadó a las clases populares. Como protesta, y tirando de la clásica ironía española, los madrileños decidieron reunirse en la Puerta del Sol en Nochevieja para burlarse de los ricos. Y lo hicieron comiendo uvas, un producto barato por aquel entonces, al ritmo de las campanadas del reloj de Correos, parodiando las refinadas costumbres de la aristocracia. Lo que empezó como una sátira y una broma de protesta, acabó convirtiéndose, con el empujón del excedente de 1909, en la tradición que conocemos hoy en día.
Creencias populares sobre las uvas
Más allá de su origen, lo cierto es que la tradición ha cobrado vida propia y se ha cargado de una simbología que muchos respetan a rajatabla. La matemática es sencilla: son 12 campanadas, 12 uvas y 12 meses tiene un año, por lo que cada uva representa un mes del año entrante, empezando por enero y terminando en diciembre.
Y son varias las creencias que siempre han estado ahí y que se comentan en toda cena de Nochevieja:
- Si te comes todas las uvas a tiempo y sin atragantarte, tendrás un año bueno y sin problemas.
- Si la tercera uva (correspondiente a marzo) te sabe especialmente dulce, ese será tu mejor mes.
- Si te encuentras con una uva amarga o ácida, la superstición dice que debes prepararte para un mes con desafíos o dificultades en ese periodo concreto.
- Se debe visualizar un deseo con cada uva ingerida.
- Se deben comer en grupo, para compartir el estrés de las campanadas.
- El éxito de terminar a tiempo refuerza los lazos afectivos y la energía colectiva de la familia o los amigos.
