La órbita baja terrestre, también conocida como LEO, tiene decenas de miles de satélites en su interior, propiedad de gobiernos y empresas privadas, que comparten espacio y deben estar coordinados en todo momento. De lo contrario, las situaciones de alto riesgo serían habituales, tal y como pasó hace unos días.
La semana pasada, literalmente, el mundo estuvo a unos pocos cientos de metros de presenciar una colisión orbital que bien podría haber sido la catástrofe más importante de la década.
El incidente, del que se ha hecho eco el portal The Verge, involucró a uno de los casi 9.000 satélites de la megaconstelación Starlink de SpaceX (propiedad de Elon Musk) y a un satélite recién desplegado por una compañía china. El encuentro cercano ocurrió a unos 560 kilómetros de altitud y la distancia de seguridad se redujo peligrosamente a solo 200 metros, distancia que en contexto espacial es prácticamente un suspiro.
El culpable del incidente es, según SpaceX, la falta de transparencia y coordinación por parte del operador chino, una práctica que pone en riesgo el futuro del espacio tal y como lo conocemos.
Peligros de los satélites fantasma
Michael Nicolls, vicepresidente de ingeniería de Starlink, denunció los hechos a través de su cuenta de X, alegando que el problema fue que el operador del satélite chino no compartió su efemérides, es decir, sus datos de posición y trayectoria con la comunidad internacional.
El satélite en cuestión pertenecía a la compañía CAS Space, con sede en Guangzhou (China), y había sido lanzado recientemente desde el Centro de Lanzamiento de Satélites de Jiuquan.
La tecnología de SpaceX está diseñada para actuar de forma proactiva. Sus satélites Starlink están equipados con un sistema de evasión automática que les permite ajustar su rumbo si detectan un objeto en su trayectoria. De hecho, en el primer semestre de 2025, las naves de Starlink realizaron más de 144 000 maniobras de este tipo. Sin embargo, para que esta defensa funcione, el objeto tiene que ser conocido, es decir, contar con información sobre él. Y en este caso, dado que el operador chino no facilitó la información, el sistema no lo detecta.
La respuesta de CAS Space, también a través de X, no fue del todo clara: aunque aseguraron que su equipo ya está en contacto con SpaceX y que utilizan un sistema para evitar colisiones, intentaron lavarse las manos sobre el asunto. Argumentaron que este acercamiento «ocurrió casi 48 horas después de la separación de la carga útil, momento en el que la misión de lanzamiento ya había concluido». Sin embargo, no resolvieron la cuestión de por qué no compartieron los datos de posición con las empresas que ya operan en la LEO.
Preocupación por el Síndrome de Kessler
A raíz de este acontecimiento, la comunidad científica teme todavía más el riesgo de que se dé lo que se conoce como Síndrome de Kessler.
Esta teoría se hizo popular tras verse representada en la película Gravity, de 2013. Lo que dice es que si se produce una colisión importante en la órbita baja terrestre, se generaría una nube de escombros de tal magnitud que chocarían a su vez con otros satélites, provocando una reacción en cadena de catastróficas dimensiones.
Como resultado, esta zona quedaría tan saturada de materiales y restos de satélites que sería prácticamente imposible lanzar nuevos satélites o incluso operar con los que ya existen y se salven del impacto. Como consecuencia, perderíamos un recurso vital para asegurar las telecomunicaciones.
