Es probable que tú también tengas ese cajón en el salón o en el escritorio donde guardas todos esos cables USB que ya no sirven, auriculares enredados y, sobre todo, una colección de teléfonos móviles de hace cinco o diez años. «Por si se me rompe el nuevo», piensas, como si ese Samsung Galaxy mini sirviera de algo en 2026. Y te avisamos desde ya: acumular tecnología obsoleta es un riesgo físico real para tu hogar.
Vivimos en la era de la renovación constante y cambiamos de smartphone cada dos o tres años, impulsados por ofertas, baterías que ya no aguantan el día o cámaras que se quedan anticuadas. Pero rara vez nos deshacemos del dispositivo anterior al momento. Si no lo vendemos, lo guardamos o lo aparcamos en una estantería con la excusa de usarlo como móvil de repuesto si fuese necesario. O por si guarda fotos con un gran valor sentimental que no tienes en ninguna nube de almacenamiento.
El resultado de esta colección de dispositivos es brutal a nivel global. Según datos recientes de la Asociación GSM, la organización que agrupa a los principales operadores de telefonía móvil del mundo, actualmente hay más de 16 000 millones de dispositivos en el planeta. De esa cifra inmensa, se calcula que más de 5.000 millones son móviles que están fuera de uso, olvidados en cajones y armarios. El problema es que, aunque estén apagados, sus componentes siguen vivos químicamente y pueden volverse inestables.
El riesgo está en la química de la batería
El corazón del problema está en la fuente de energía. Prácticamente todos los dispositivos modernos, desde el móvil más barato hasta el gama alta más exclusivo, funcionan con baterías de iones de litio. Esta tecnología ha sido revolucionaria por su capacidad de carga y ligereza, pero sufre degradación química.
Muchos usuarios cometen el error de pensar que, al estar el móvil apagado, la batería se queda congelada, pero nada más lejos de la realidad. Cuando una batería de litio se deja descargada durante meses o años, los componentes químicos de su interior comienzan a descomponerse. Y lo peor es que este proceso de deterioro se acelera si el dispositivo se guarda en lugares con cambios de temperatura bruscos o humedad.
El síntoma más evidente y peligroso de este fenómeno es que la batería se hinche. Seguro que alguna vez has encontrado un aparato viejo y has notado que la carcasa trasera está abombada o que la pantalla se ha levantado, como si algo empujara desde dentro. Eso es que la batería está liberando gases como consecuencia de la descomposición del electrolito.
Incendios y gases tóxicos en tu casa
Lo que ocurre dentro de ese cajón es una reacción en cadena lenta pero peligrosa, tanto para tu salud como para tu casa. Cuando la batería se hincha, la presión interna aumenta drásticamente. En este estado, el componente es extremadamente volátil, por lo que si esa batería hinchada sufre un pequeño golpe, se perfora o simplemente la presión es excesiva, puede producirse una fuga.
Los expertos advierten que estas fugas no son de agua, sino de electrolito, una sustancia que al contacto con el aire puede liberar gases inflamables y tóxicos. En el peor de los escenarios, una batería en este estado puede sufrir lo que se conoce como fuga térmica, provocando una combustión espontánea. Tener un incendio, por pequeño que sea, dentro de un cajón de madera lleno de papeles y otros plásticos, es un riesgo que ninguna familia debería correr por el simple apego a un Nokia o un Samsung de 2015.
