Tenemos una estrella cercana a la Tierra a la que los astrónomos siempre han mirado desde el desconcierto. Se trata de Fomalhaut, una de las más brillantes del cielo, a la que popularmente se conoce como el Ojo de Sauron, por su anillo de polvo, y están a tan solo 25 años luz de nosotros. De hecho, se le hizo la primera fotografía directa de un exoplaneta, bautizado como Fomalhaut b.
Con el paso de los años, ese supuesto planeta gigante empezó a comportarse de forma extraña. Se comenzó a desvanecer hasta desaparecer por completo. Pero, ¿a dónde va un planeta cuando muere? La respuesta parece que por fin la tenemos aquí, y es mucho más espectacular de lo que podíamos imaginar.
Fomalhaut no fue un planeta real
Un nuevo estudio liderado por la Universidad de California en Berkeley ha confirmado que lo que los telescopios captaron no fue un mundo orbitando, sino las secuelas de una colisión brutal entre dos asteroides gigantes. Y lo más sorprendente es que acaba de volver a ocurrir.
Para entender la magnitud del descubrimiento, hay que irse a 2004 y 2005, cuando el astrónomo Paul Kalas utilizó el Telescopio Espacial Hubble para observar el anillo de escombros de Fomalhaut. Allí detectó un punto brillante que se movía, algo que la comunidad científica celebró como el hallazgo de Fomalhaut b, pensando que era un gigante gaseoso un poco más grande que Júpiter.
Aparición de un segundo Fomalhaut
Pero a diferencia de otros planetas, este punto brillante no emitía el calor infrarrojo que se esperaría de un planeta joven y grande, y además, lo que empeoraba el asunto todavía más, es que se estaba difuminando. Ahora, Kalas y su equipo han vuelto a apuntar el Hubble hacia la misma zona y han resuelto el enigma. «En 2023 utilizamos el mismo instrumento que habíamos usado antes y no detectamos a Fomalhaut b; ya no era visible», explica Kalas en declaraciones recogidas por New Scientist. «Pero lo que realmente nos sorprendió fue que había un nuevo Fomalhaut b».
El planeta original se había deshecho, por llevarlo a un término más común, porque nunca fue un objeto sólido, sino una inmensa nube de polvo en expansión provocada por un choque. Y ahora, en otra parte del anillo, ha aparecido un nuevo punto brillante, al que se ha bautizado como Fomalhaut cs2.
La explicación que está ahora cobrando más fuerza entre los astrofísicos es que estamos siendo testigos en tiempo real de la formación y destrucción de un sistema solar. El nuevo CS2 no puede ser un planeta porque se habría visto en anteriores observaciones. Según los cálculos de los investigadores, se trata de una nube de escombros gigante, generada por la colisión frontal de dos planetesimales (asteroides en proceso de convertirse en planetas) de unos 60 kilómetros de diámetro cada uno.
¿Qué significa esto para nosotros?
Para que nos hagamos una idea, es como si dos islas del tamaño de Mallorca e Ibiza chocaran entre sí a miles de kilómetros por hora en el espacio. El impacto pulveriza las rocas y crea una nube de polvo tan densa y grande que refleja la luz de la estrella con tal intensidad que, desde la Tierra, parece un planeta sólido. Con el tiempo, esa nube se expande, se vuelve menos densa y deja de brillar, que es exactamente lo que le pasó al primer Fomalhaut que parecía un planeta.
Lo que tiene desconcertados a los científicos no es el choque en sí, sino la frecuencia. La teoría astronómica clásica dicta que este tipo de colisiones entre asteroides gigantes son extremadamente raras, y deberíamos ver una cada 100 000 años. Sin embargo, tal y como destaca Paul Kalas, «hemos visto dos eventos en 20 años», una anomalía absoluta.
Y lo más interesante es que este hallazgo podría explicar nuestro propio origen. Fomalhaut es una estrella joven, y su caótico anillo de escombros se parece mucho a cómo debió ser nuestro Sistema Solar en sus primeros días. Ver estos choques en directo nos confirma que la formación de planetas es un proceso violento, sucio y lleno de accidentes.
