Durante décadas, la comunidad médica y científica ha abordado la enfermedad de alzhéimer bajo el pretexto de que es una patología que nace, se desarrolla y destruye exclusivamente en el interior de nuestro cerebro. Sin embargo, la neurología pretende cambiar esta concepción de la enfermedad.
La clave está en que esta devastadora enfermedad comienza fuera del cerebro, muchos años antes de que aparezcan los primeros síntomas de pérdida de memoria.
Este cambio radical de perspectiva podría ser la respuesta necesaria para explicar por qué los fármacos desarrollados hasta la fecha no han sido eficaces. La realidad podría ser tan simple como que los medicamentos actuales actúan demasiado tarde en el proceso de la enfermedad.
¿Dónde empieza el alzhéimer?
Para entender este cambio de paradigma, debemos analizar el trabajo del investigador Cesar Cunha en el Centro de la Fundación Novo Nordisk para la Investigación Metabólica Básica, en Dinamarca. Su equipo analizó los datos genéticos de más de 85.000 personas con alzhéimer y 485.000 personas sanas, escrutando la actividad de 5 millones de células individuales procedentes de 40 áreas del cuerpo humano y 100 regiones cerebrales.
Al examinar 1000 genes con variantes que aumentan el riesgo de padecer la enfermedad, los científicos vieron que la expresión de estos genes de riesgo era extremadamente baja en el cerebro. Por el contrario, aparecían con una frecuencia mucho mayor en la piel, los pulmones, el sistema digestivo, el bazo y en varios tipos de células inmunitarias que circulan por la sangre.
Gran parte de estos genes están implicados en la regulación inmunitaria y prevalecen en lo que llamamos tejidos de barrera (piel, pulmones e intestino), que son los encargados de defendernos contra gérmenes, toxinas y alérgenos mediante respuestas inflamatorias. Esto sugiere que el alzhéimer podría iniciarse realmente con una inflamación en estos órganos no cerebrales. Por tanto, personas con antecedentes familiares podrían ser más susceptibles a desarrollar la enfermedad como respuesta a una simple infección u otro evento inflamatorio. De hecho, investigaciones recientes lideradas por Rezanur Rahman en Australia también han encontrado que las variantes genéticas asociadas al alzhéimer parecen agruparse en la piel y los pulmones.
Los 55 años son la edad clave
El dato más revelador del estudio danés es que la mayor expresión de estas variantes genéticas se produce cuando las personas tienen entre 55 y 60 años. Esto sugiere que la inflamación sufrida durante esta ventana temporal es la que tiene más probabilidades de derivar en alzhéimer en el futuro.
¿Cómo llega esa inflamación al cerebro? Con la edad, la barrera hematoencefálica se vuelve más permeable. Esto permite que las proteínas de señalización (citocinas) y las células inmunitarias activadas durante una inflamación periférica crucen desde la sangre hacia el cerebro.
Vacunas y prevención
Actualmente, el tratamiento se centra en eliminar la acumulación de proteínas beta-amiloide y tau mal plegadas en el cerebro. No obstante, el éxito limitado de estos fármacos insinúa que dicha acumulación es la consecuencia de la enfermedad, no su causa fundamental.
Si el alzhéimer está causado por la inflamación periférica, el enfoque preventivo debe cambiar drásticamente, y de las recomendaciones más prometedoras es la vacunación en la mediana edad. Un estudio reciente en California demostró que los adultos que recibieron ambas dosis de la vacuna contra el herpes zóster tenían aproximadamente un 50 por ciento menos de probabilidades de desarrollar alzhéimer a partir de los 65 años. Del mismo modo, pacientes mayores de 50 años tratados con la vacuna BCG para el cáncer de vejiga mostraron un riesgo un 20 por ciento menor. Los expertos creen que estas vacunas dan un impulso necesario al sistema inmunitario envejecido, reduciendo así la inflamación.
Además de las vacunas, protegerse contra la inflamación de estas zonas pasa por hábitos ya conocidos, como seguir una dieta mediterránea, limitar el consumo de alcohol, hacer ejercicio, no fumar y mantener a raya la presión arterial y el colesterol.
