Aceite de palma: ¿por qué todo el mundo habla hoy de él?

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Ciencia
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“Alcampo retira el aceite de palma de sus productos”. Seguro que has leído este titular por activa y por pasiva durante todo el día de hoy. Es lógico: se trata de una medida sanitaria que repercutirá directamente en la salud de millones de personas en todo el mundo. ¿Pero cómo exactamente? Eso es lo que vamos a tratar en este post: por qué el aceite de palma es malo para la salud.

Primero con la historia

Antes de entrar en materia de salud, vamos a tirar de historia. El aceite de palma se obtiene del fruto de la especie Elaeis guineensis, más conocida como palma africana o aceitera. Su sobrenombre dice precisamente de dónde proviene, es decir, del continente africano. Sin embargo, su producción se concentra en el suroeste asiático desde comienzos del siglo XX, cuando fue introducida por las colonias y tuvo una rápida aceptación.

A medida que las potencias económicas se dieron cuenta de lo barato que era el aceite y lo fácil que se obtenía, estas comenzaron a interesarse por él. Así fue como se empezó a utilizar en cremas, pastas de dientes, jabones y hasta la producción de carburantes. No obstante, donde más se emplea es en un sector: el de la alimentación. Hasta la fecha, podemos encontrar el aceite de palma en helados, salsas, galletas, pizzas y una larga retahíla de productos de las principales marcas. Nadie escapa a él: ni Burger King, ni McDonalds, ni Starbucks, Nestlé u otras empresas dedicadas a la restauración.

Y ahora con la salud

Si el aceite de palma se utiliza en tantos componentes, ¿por qué existe ahora cierto revuelo en torno a él? Para encontrar la explicación hay que dirigirse a las famosas grasas. Como bien se sabe, no todas las grasas son malas; es más, algunas son necesarias para el correcto funcionamiento del organismo. El problema radica en esas grasas nocivas. Y sí, como bien se puede imaginar el lector, el aceite de palma tiene grasas perjudiciales para el metabolismo.

En concreto, estas grasas saturadas -nombre exacto- son las que entrañan un mayor problema en la alimentación de las personas. Organizaciones como la EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria), la OMS (Organización Mundial de la Salud) o la FESNAD (Federación Española de Sociedades de Nutrición, Alimentación y Dietética) recomienda sacarlas de nuestra dieta en la medida de lo posible. Dentro de las mismas las hay más o menos perjudiciales, pero es conveniente no abusar de ellas. Obesidad, problemas vasculares e incluso cancerígenos son algunas de las consecuencias.

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