Operación Crossroads: cuando EE.UU. exterminó a 5.000 animales en un ensayo atómico

Escrito por
Historia
0

La Biblia hebrea tiene un pasaje bastante bonito y bien conocido por todos: el Arca de Noé. Según este, Dios ordenó a Noé que construyera una embarcación para salvar a su familia del diluvio universal, además de buscar a un macho y a una hembra de cada animal que habitara en la Tierra. Estados Unidos realizó su particular Arca de Noé en julio de 1946, con la particularidad de que esta fue una de las mayores carnicerías que se recuerdan en material animal: la Operación Crossroads.

Un ensayo atómico

Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, los norteamericanos sacaron dos conclusiones rápidas: que gobernaban el mundo después de la caída del Viejo Continente y que sólo la Unión Soviética podía toserles. ¿Qué hacer en este último caso? Pues algo muy sencillo: demostrar el poderío militar ya exhibido en las campañas del Pacífico y de Europa contra Hitler.

La mejor manera de sacar músculo en pleno siglo XX era, cómo no, con una bomba atómica. Si algo consiguieron los estadounidenses fue sembrar el pánico en la población mundial tras Hiroshima y Nagasaki. Centenares de miles de personas perdieron la vida en unos segundos, lo que demostró que Estados Unidos no sólo poseía el arma más mortífera creada hasta el momento, sino también un engranaje de terror psicológico.

La Operación Crossroads fue esto último precisamente: una manera de aterrar a la antigua Unión Soviética. Un despliegue de fuerzas nunca visto hasta ese verano de 1946. Dos bombas de 21 kilotones, casi 5 más que lo vivido en el desastre japonés. Y todo esto en medio del Pacífico, lugar idóneo para recordar tanto a la Unión Soviética como a Japón -por su proximidad- que aquí mandaba el país de las barras y estrellas. No obstante, también existía un motivo científico.

Para llevar a cabo este experimento de dudoso gusto fueron necesarios 242 barcos, 156 aviones, 42.000 personas y el punto más polémico de todos, 5.000 animales que perdieron la vida. Los estadounidenses recurrieron a cabras, cerdos y ratas, ejemplares que fueron atados a los diferentes barcos que se iban a hundir. No había escapatoria posible más allá de la muerte. Una carnicería en medio del océano para comprobar cuál era la efectividad de una bomba atómica sobre un ser vivo.

Operación Crossroads: cuando EE.UU. exterminó a 5.000 animales en un ensayo atómico

Primera bomba de la Operación Crossroads

El 1 de julio de 1946, los norteamericanos detonaron a una altura de 158 metros la primera de las bombas lanzadas, que recibía el nombre de Able. Un bombardero B-29 fue el encargado de realizar esta maniobra que acabó con tan sólo un destructor y dos buques de transporte en un radio de 800 metros (otro más resultó dañado y un crucero se hundió pasadas unas jornadas, pero no en el acto).

Poco daño material, no hay duda, pero entre los animales no hubo discusión alguna: el 10 por ciento de los cerdos murió ipso facto, mientras que el 30 por ciento perdió la vida días después con lesiones de extrema gravedad. De hecho, narran los documentos de la época que muchos porcinos quedaron literalmente desintegrados (sólo encontraron cenizas en los lugares donde antes se encontraban).

Los estadounidense marcaron con pintura de diferente color aquellos barcos más importante, todo para evaluar mejor su identificación y calcular los resultados. Los navíos que se fueron utilizado para los experimentos estaban ya anticuados para el ejército de los Estados Unidos, mientras que otros, directamente, habían sido requisados a los nazis y japoneses tras finalizar la Segunda Guerra Mundial (como el Nagato o el Prinz Eugen).

Segunda bomba

Baker. Así se llamaba la otra bomba atómica lanzada el 25 de julio de 1946. Sólo 24 días después, los norteamericanos decidieron ejecutar su segunda prueba marítima, aunque en esta ocasión existía una gran diferencia: en lugar de ejecutarse en altura, Baker se detonaría por debajo de la superficie del mar. Resultado: levantó más de dos millones de toneladas de agua y su hongo alcanzó una altura de 6.000 metros según datos oficiales.

En esta ocasión, la segunda bomba hundió un total de 5 buques de gran calado, 3 submarinos y otras barcos de menor empaque. Además, la emisión de radiactividad fue tan alta que los científicos no pudieron acercarse al lugar de los hechos hasta una semana después. Como era de esperar, esta segunda bomba acabó con casi todos los animales y los que quedaron vivos murieron pocas semanas después debido a los altos índices de contaminación que portaban en sus cuerpos.

Bomba Baker en la Operacion Crossroads

Un plan medido

Seguro que algún lector se ha preguntado si donde se realizó la prueba había seres humanos. La respuesta es sí. El Atolón Bikini es una pequeña isla situada en medio del Pacífico. En 1946 contaba con tan sólo 167 habitantes, que fueron evacuados hasta el Atolón Rongerik, a unos 200 kilómetros al este. En 1948, fueron trasladados por poco tiempo al atolón de Kwajalein y posteriormente, en el mismo año, a Kili, un pequeño arrecife. Muchos cambios en pocos años por una razón: ni los propios norteamericanos podían calcular los peligros de las bombas detonadas.

De acuerdo a la Agencia Internacional de Energía Atómica, cuando finalizaron los ensayos de armas nucleares en las Islas Marshall (allá por julio de 1958), los estadounidenses habían realizado un total de dieciséis ensayos de ese tipo en el atolón de Bikini durante 12 años. En otras palabras: se habían pegado durante más de una década lanzado material radiactivo encima de una pequeña isla o sus proximidades, lo que afectaba colateralmente a otras zonas muy cercanas.

“La historia de las evaluaciones radiológicas y del movimiento de la población local reviste gran importancia a fin
de comprender las preocupaciones generales existentes. En agosto de 1968, después de haberse realizado una serie de estudios radiológicos desde 1958, con objeto de evaluar la repercusión del programa de ensayos de armas nucleares de los Estados Unidos, se anunció que el atolón de Bikini se podía habitar sin riesgos y que se aprobaba el reasentamiento“, apuntaba el texto oficial.

Lo anterior es el texto gubernamental, pero la realidad era bien diferente: casi 30 años después (en 1995), la población de Bikini por fin consiguió que la Organización Internacional de Energía Atómica realizara un estudio pormenorizado de la isla. Y en efecto, en 1997 todavía existía un alto nivel de radioactividad, como demuestran las demoledoras conclusiones que se sacaron:

Se recomendó que en las condiciones radiológicas actuales, no debería procederse al reasentamiento de la isla de Bikini con carácter permanente. Esta recomendación se basó en la hipótesis de que las personas que volvieran a residir en la isla tendrían una dieta compuesta por alimentos exclusivamente locales. Los datos radiológicos corroboran que si se permitiera una dieta de esa índole, ello podría dar lugar a una dosis anual efectiva de unos 15 mSv. Se consideró que este nivel exigía algún tipo de intervención a los fines de la protección radiológica.

Pudieran aplicarse una serie de medidas correctoras que contribuyan al reasentamiento permanente en la isla, entre otras, la aplicación periódica de fertilizante a base de potasio en los lugares donde se siembran cultivos comestibles, o la eliminación de la capa superficial del suelo de la isla. De acuerdo con la opinión general, el método más razonable sería utilizar fertilizante potásico. Como la mayor parte de la radiactividad en las plantas obedece a la fijación del cesio radiactivo, el potasio sustituiría a este elemento, con lo cual se reduciría la exposición total de la población. El raspado y la eliminación de la capa superficial del suelo ocasionarían graves daños ambientales a la isla y tendrían consecuencias sociales.

La operación Crossroads fue un experimento atómico sin precedentes. En concreto, estas bombas fueron la cuarta y quinta lanzada por la humanidad, justo tras Hiroshima, Nagasaki y la prueba de Trinity. De igual manera, había una sexta (o tercera) bomba que se iba a tirar sobre el Atolón, pero la radioactividad era tan alta, así como las consecuencias en las islas cercanas, que Charlie quedó en saco roto y no se llevó a cabo.

Como era de esperar, numerosos nativos sufrieron problemas de salud como cáncer o enfermedades degenerativas. Debido a ello, a finales de la década de los setenta los descendientes recibieron 1.000 millones de dólares por los actos perpetrados sobre su territorio.

En Estados Unidos, en cambio, no se lo pensaron mucho. Algunos barcos se remolcaron hasta San Francisco para estudiar cómo había afectado la radiación al casco. ¿Qué ocurrió? Pues que la escuela de descontaminación corroboró que el índice era tan elevado que obligó su demolición para que se hundiera en el fondo del océano (a 830 metros de profundidad).

La historia nos volvió a enseñar que la carrera atómica está llena de sacrificios, terror y daños irrevocables para el ser humano.

Compártelo. ¡Gracias!